La capacidad del bebé de estar solo y el aislamiento autista

Maria Izabel Tafuri [1]

Resumen
El tratamiento preventivo de los trastornos precoces con riesgo de evolución autista se discute en ese texto como una acción paradójica desde el punto de vista psicoanalítico. La prevención implica la perpetuación del pensamiento psiquiátrico kraepeliano sobre la evolución necesaria de un grupo de síntomas de una enfermedad dada. Al mismo tiempo se hace hincapié en la necesidad del tratamiento precoz de bebés con aislamiento patológico.

Palabras llave: autismo, autoerotismo, estar solo, prevención

El interés científico en lo que se refiere a la detección y tratamiento precoz del aislamiento patológico en el bebé surgió a partir de la gravedad de cuadros psicopatológicos de la infancia que alteran invasivamente el desarrollo global del ser humano. En esta línea, el síndrome del Autismo infantil precoz, descrito por Léo Kanner, en 1943, influenció el pensamiento médico psiquiátrico en lo que se refiere a la necesidad de tratar precozmente a los niños aislados que no desarrollan contacto afectivo con las personas.

Si hasta la década de 90 el aislamiento autista sólo era observado y tratado a partir de los tres años de edad, existen actualmente escalas diagnósticas para detectar precozmente al bebé aislado y desinteresado por el medio externo. Esta posibilidad de diagnosticar precozmente el Autismo infantil precoz, o de determinar las perturbaciones precoces con riesgo de evolución autista, contiene implícito el modelo médico clásico: la evolución necesaria de los síntomas de una enfermedad determinada. Esta situación coloca al psicoanalista en un lugar polémico, ya que el tratamiento del bebé, al ser definido como preventivo, deja de ser individualizado y pasa a estar marcado por una sintomatología que evoluciona según leyes determinadas a priori.

Las manifestaciones más precoces del síndrome del Autismo infantil precoz pueden ser investigadas por medio de dos ejes básicos metodológicos. El primer eje comprende la observación directa del comportamiento del bebé, y el segundo, las hipótesis reconstructivas, realizadas a posteriori, a partir de la historia de vida del niño. Una historia que puede ser analizada a través de la anamnesia medico-psicológica, donde los padres relatan las fases del desarrollo de la niño, muestran vídeos, retratos, etc. También puede ser analizada a partir del discurso de los padres sobre ellos mismos y sobre el niño, en la relación transferencial con el psicoanalista.

En el primer eje de investigación, los patrones comportamentales que indican el aislamiento patológico en la vida del niño se describen desde los primeros días de vida del bebé. Tal como puede observarse en la Clasificación Diagnóstica de Salud Mental y Transtornos del Desarrollo del Bebé y del Niño Pequeño: 0-3, “los patrones comportamentales de niños absortos en si mismos incluyen creatividad e imaginación, combinados con una tendencia del niño a sintonizarse en sus propias sensaciones, pensamientos y emociones, en vez de sintonizarse y prestar atención a las comunicaciones de otras personas. Los bebés pueden parecer absortos en sí mismos, interesándose por objetos, más a través de la exploración solitaria que en el contexto de la interacción” (1997:37). Esta descripción comportamental está clasificada en el Eje I: diagnóstico primario, como Trastornos Regulador del Tipo II: Hiporreactivo (402).

Cabe destacar que en esta descripción clasificatoria se establece una relación linear causal entre dos patrones comportamentales: “la tendencia a estar absorto consigo mismo” y “el desinterés con relación a las comunicaciones de las personas”. Se trata de una conclusión que es, como mínimo, discutible. Si, por un lado, los patrones comportamentales descritos con relación a los bebés pertenecen al ámbito de lo observable, no se puede decir lo mismo sobre la relación linear causal entre ambos patrones comportamentales. La causalidad linear es atribuida por el observador, ya que en realidad, lo que se puede observar son los dos patrones comportamentales que pueden suceder al mismo tempo o en diferentes momentos. ¿Por qué establecer una relación linear causal entre ellos? ¿Por qué “estar sintonizado en sus propias sensaciones y/o fantasías” sería considerado como un comportamiento que impide que el bebé o el niño pequeño preste atención a las comunicaciones de otras personas?

El cuestionamiento de la relación linear causal entre los dos patrones comportamentales, “estar absorto consigo mismo” y “estar desinteresado con relación a las comunicaciones de las personas”, posibilita pensar desde una perspectiva diferente, esto es, el papel de la creatividad y de la imaginación del bebé en dichos comportamientos. ¿Cuáles son las relaciones existentes entre “estar absorto consigo mismo” y la capacidad del bebé y del niño pequeño de “crear, imaginar y fantasear”?

El estudio de las psicopatologías precoces relacionadas con el desarrollo del niño coloca en evidencia un punto central de la discusión sobre la relación linear causal entre “estar absorto consigo mismo” y la “capacidad de crear, imaginar y fantasear”.

A la luz de la importante obra de Bleuler (1911) sobre las Esquizofrenias, Potter (1933, apud, Ajuriaguerra,1970) describió un nuevo cuadro psicopatológico, la Esquizofrenia infantil. Según Potter, los niños, al igual que los adultos, rompen repentinamente el contacto con la realidad, después de un período de desarrollo normal, y preservan una vida interior fantasiosa y creativa, y sin embargo, privada y aislada. El predominio mórbido de una vida interior llena de pensamientos creativos y fantasiosos había sido definida anteriormente por Bleuler como uno de los síntomas secundarios más importantes del cuadro de las Esquizofrenias. En realidad, desde Bleuler, el pensamiento creativo de los esquizofrénicos había recibido la denominación médica de pensamiento autístico, tanto en el caso de los adultos como de los niños.

A partir de los trabajos posteriores de Lutz (1937, apud. Kanner,1956), Bradley (1939), Bender (1942), y en especial, de Léo Kanner (1943) - autor del síndrome del Autismo infantil precoz - la noción de autismo en la vida infantil adquirió otra significación. Kanner (1956) estableció una distinción importante entre la Esquizofrenia infantil y el Autismo infantil precoz. De acuerdo con él, en la Esquizofrenia infantil, la ruptura con la realidad ocurre de forma insidiosa después del tercer año de vida, y aparece acompañada por pensamientos autísticos.

Con las descripciones psicopatológicas aportadas por Lutz, Bender, Bradley, Kanner y otros, se estableció en el medio científico una relación linear causal simplista entre “ruptura de la realidad” y “pensamiento autístico”. Esta simplificación es más radical cuando se la comparada con la descripción original de las Esquizofrenias por Bleuler, para quien esa relación es mucho más compleja e incluye una comprensión más amplia sobre el “sujeto hablante”.

Bleuler, influenciado por la obra de Freud (1910) sobre “La Interpretación de los sueños”, llamó la atención de la comunidad médica hacia el pensamiento autístico del esquizofrénico. Su objetivo fue demostrar que el médico podría dar sentido al aparentemente ilógico discurso del esquizofrénico siempre y cuando escuchara con atención al paciente, y no apenas le prescribiese medicamentos, o lo desconsiderase como “ser hablante”. En ese sentido, Bleuler promovió una transformación innovadora del análisis psicopatológico de las grandes psicosis y juntamente con Jung, su asistente, aplicó, por primera vez, las ideas freudianas a la investigación clínica de la locura. Bleuler comenzó a analizar a sus pacientes por medio de un análisis retrospectivo contada por el “sujeto hablante” rompiendo así con el modelo clásico psiquiátrico.

En síntesis, la relación entre “aislamiento de la realidad” y “pensamiento autístico” fue inicialmente tratada por Bleuler, en el contexto de la psiquiatría, de forma más amplia y compleja, que la que consta en la “Clasificación diagnóstica: 0 a 3”. Y la influencia de la obra de Kanner sobre el Autismo infantil precoz puede ser señalada como un factor decisivo para la descripción de una causalidad linear entre “aislamiento” y “autismo”.

Kanner (1943) postuló que el niño autista no establece contacto con la realidad desde el comienzo de la vida, y no presenta pensamientos fantasiosos. Kanner (1955) también subrayó que el término “ruptura con la realidad” (spaltung/withdrawal), utilizado por Bleuler para definir el síntoma primario de las Esquizofrenias, no sería adecuado para describir lo que ocurre en el Autismo.

Al distinguir el Autismo infantil precoz del grupo de las Esquizofrenias, Kanner (1955) creó una paradoja. Transformó el adjetivo en un sustantivo y lo usó para nombrar el síndrome que él describió - “el aislamiento del niño autista no es autístico” - (Tafuri, tesis de doctorado, inédita). O sea, para Kanner, el aislamiento del niño autista no se acompaña de pensamientos creativos, imaginarios y fantasiosos. Por lo tanto, el niño autista no presenta pensamientos autísticos. Según el autor, se trata de un aislamiento profundo, impenetrable e inaccesible, no acompañado de pensamientos autísticos, presente en la vida del niño desde su nacimiento.

Si antes de Kanner, el adjetivo servia para describir en lenguaje médico el pensamiento fantasioso y creativo del esquizofrénico, después de su obra, el sustantivo pasó a describir “la incapacidad neurobiológica del niño de establecer contacto con el medio externo”. Más aún, el término autismo pasó a ser signo de un déficit neurobiológico innato, inscripto, inclusive, en la clasificación de las enfermedades mentales (OMS,1975; CID-10,1993; DSM-III-R, 1989; DSM-IV). La constatación de dicho cambio de percepción es de gran importancia para investigar correctamente las señales de aislamiento patológico en el bebé. Permite también cuestionar la tendencia actual y generalizada de diagnosticar señales de aislamiento patológico en el bebé como siendo aislamiento autista.

Vale la pena enfatizar que las descripciones de Kanner se refieren al aislamiento de niños autistas de más de dos años de edad, y no al aislamiento innato de bebés que, posterior y eventualmente, se vuelven autistas cuando son niños. El estudio de Kanner fue retrospectivo, realizado por medio de las anamnesias hechas con los padres de los niños autistas observados. De esta manera, Kanner llegó a los índices patológicos en el desarrollo de esos niños y estableció una relación linear causal entre los índices encontrados y el cuadro clínico del síndrome.

Actualmente, los investigadores estudian filmes de los niños diagnosticados como autistas, realizados pelos familiares de los niños, y establecen índices patológicos precozs de aislamiento autista. Así quedó establecida en el medio científico una relación de semejanza entre el aislamiento autista de un niño de tres años de edad y el aislamiento patológico de un bebé, a ejemplo de la clasificación del Espectro Autista para el bebé, descripta en la Clasificación Diagnóstica: 0 a 3. Estos índices patológicos están relacionados con tipos de aislamiento que surgieron en el desarrollo de niños ya diagnosticados como autistas a partir de los dos años de edad. Al denominar los índices patológicos de aislamiento como aislamiento autista, los científicos modernos, al estilo de Kanner, instauraron una problemática. ¿Por qué denominar como autista el aislamiento patológico de un bebé?

La respuesta para esta pregunta dentro de la línea psiquiátrica post Kanner es dada por los datos científicos obtenidos por medio de las investigaciones retrospectivas sobre el desarrollo de los niños diagnosticados como autistas a partir de los dos años de edad. En 1943, por ejemplo, Kanner determinó que la ausencia del comportamiento anticipatorio del bebé[2] es un índice patológico del Autismo infantil precoz porque todos los niños autistas observados por él presentaron dicho déficit: “todos los niños de nuestro grupo presentaron, desde el comienzo de la vida, un alejamiento extremado, sin reaccionar ante nada de lo que proviniese del mundo exterior. Esto se expresa de forma más característica a través del relato constantemente hecho del fracaso del niño en adoptar una actitud de anticipación antes de ser alzada en brazos y en ajustar la posición de su cuerpo al de la persona que la sostiene en sus brazos” (Kanner, 1943:41).

También de acuerdo con esta Clasificación Diagnóstica, un bebé está dentro del espectro autista (Transtorno de Relación y Comunicación. Eje I:700; Clasificación Diagnóstica: 0 a 3) cuando presenta los siguientes comportamientos: absorto consigo mismo, desinteresado ante las comunicaciones de otras personas, involucrado en actividades sensoriales repetitivas con una limitación de ideas y fantasías en los juegos. Cabe observar que esta descripción comportamental es similar a la descripta desde Kanner hasta las diversas ediciones del Manual Diagnóstico Estadístico de las Enfermedades Mentales, DSM III-R y el DSM-IV, que afirman que hay en el autismo un fracaso en desarrollar relaciones interpersonales y falta de respuesta a las personas, o interés en ellas; una falla en allegarse, por la falta de contacto visual y respuesta facial, y por indiferencia o aversión al afecto y contacto físico.

Se observa que la descripción comportamental del autismo en el bebé es similar a la del autismo en el niño, lo que coloca al clínico en una posición compleja. Es como formar un rompecabezas conociéndose a priori la figura final que debe ser formada: los índices patológicos de aislamiento autista son las piezas marcadas de ese rompecabezas, definidas a priori como síntomas que podrán evolucionar hacia la instalación del Autismo infantil precoz. Esta posición es contradictoria tomándose en cuenta el conocimiento científico actual sobre las capacidades psiconeurobiológicas del bebé, así como también el principio psicoanalítico básico de que el bebé es un ser único marcado por su historia individual. En ese sentido, corresponde al clínico montar un rompecabezas junto con su paciente sin el conocimiento predeterminado sobre la figura final a ser formada. Si algunas piezas estuvieran “enfermas” y no se ajustasen unas a las otras para formar una figura mayor, no determinada a priori, surge la necesidad de un tratamiento precoz. Precoz, en el sentido de permitir un encaje entre las piezas para que el proceso de constitución de la figura final no se interrumpa. El tratamiento precoz, en este caso, no tiene el sentido de prevenir la constitución de una figura ya conocida a priori.

Pensando de esta forma, las señales de indiferencia del bebé pueden indicar un aislamiento, y no necesariamente un aislamiento autista. Calificar el aislamiento de un bebé como autista es lo mismo que determinar, a priori, la evolución necesaria de los síntomas de una enfermedad determinada. No se trata de pensar en prevención de la enfermedad del Autismo infantil precoz, pues ese pensamiento recae en la paradoja de Kanner, sobre el aislamiento innato autista. Diferentemente de la paradoja kanneriano, es necesario vislumbrar la noción de aislamiento del bebé no apenas del lado patológico sino también como una capacidad humana de estar absorto consigo mismo. O sea, antes de ver al autismo como una patología mental o una enfermedad neurobiológica, es necesario recuperar la noción original del término autismo, tal como fue descrito por Freud y Bleuler. Al hacerse esto, se puede entender mejor la naturaleza del fenómeno a ser observado, principalmente en el bebé.

En la historia de la psiquiatría, el término autismo tiene un significado mucho más amplio y complejo, desde Freud, Jung y Bleuler, que el del reduccionismo biológico creado por la psiquiatría de la infancia. Tomándose en cuenta el pensamiento original de Freud (1895) sobre los primeros momentos de la vida de un recién nacido – en el capítulo sobre “La vivencia de la satisfacción” ¾ el principio fundamental del proceso primario del funcionamiento psíquico sería buscar placer y evitar el desplacer. El desplacer significa un aumento de tensión que nace en el organismo del bebé. Sólo se puede conseguir alivio del desplacer mediante una acción específica, como a través de sus gritos, que atraen la atención de una persona capaz de aplacar sus necesidades. Según Freud, “esa vía de descarga adquiere la importantísima función secundaria de la comunicación, y el desamparo inicial de los seres humanos es la fuente primordial de todos los motivos morales” (p.422).

La vivencia original de satisfacción es alucinada cuando el estado de necesidad se reproduce. El Ego aprende a diferenciar mediante el signo de la realidad la alucinación de la percepción, ya que la percepción es la única capaz de aplacar la necesidad. O sea, la vivencia original de satisfacción constituye el núcleo del concepto psicoanalítico de “objeto”, estando todavía latente la ambivalencia de los afectos frente a este “objeto”. Para el lactante, el primer objeto gratificador es al mismo tempo hostil y la única fuerza auxiliar.

En 1905, Freud publicó “Los Tres Ensayos sobre la Teoría de la Sexualidad Infantil” describiendo las fases del desarrollo de la sexualidad del niño. Freud utilizó el término auto-erotismo, introducido por Ellis (1898) para definir la sexualidad infantil. La intención de Freud era demostrar que la pulsión existente en un niño es dirigida inicialmente hacia otras personas, ya el niño se satisface con su propio cuerpo. Freud demostró que no existe un camino preformado capaz de llevar al sujeto a buscar su objeto de satisfacción sexual. Al comienzo de la vida, el niño encuentra placer en su propio cuerpo, en el acto de succionar que, para Freud, es el modelo del auto-erotismo.

El concepto de auto-erotismo fue retomado posteriormente por Jung y Bleuler para describir la vida fantasiosa de los esquizofrénicos, con una diferencia, estos dos autores no concordaron con Freud sobre el papel de la sexualidad en la etiología de las enfermedades mentales. En función de la discordancia, Bleuler inventó el término autismo, que nada más es que el auto-erotismo de Freud sin Eros (Tafuri,1985, Fédida,1992 ; Atem,1998; Berlinck, 1999). De esta manera, Eros desapareció en la descripción psiquiátrica de las Esquizofrenias. Nótese que de manera semejante, en el caso del Autismo infantil precoz, Kanner no tomó en consideración el papel de Eros en la nueva enfermedad descripta por él. En ambos casos, parece haber habido un engaño.

En la visión de Hanns (1996), el Eros en Freud debe ser comprendido a partir del término alemán Lust. En el caso de la sexualidad infantil, Freud lo utilizó “en la acepción de sensación pacentera; la palabra (Lust) enfatiza la sensación extraída de la actividad, enfoca la actividad y no el objeto. Designa lo más inmediato e irreductible en la sensación, cuando ésta brota en el cuerpo, aún antes de la fruición plena del placer y del gozo” (Hanns, 1996:147). Freud también utilizó este término en el sentido de “ganas”, “ganas de hacer algo”, un deseo que brota (el surgimiento súbito de humor, los cambios abruptos de un niño...). También, según Hanns, el Lust es un término que enfatiza la sensación de ser afectado, estimulado o sensibilizado corporalmente en sus sensaciones. O sea, el placer del Lust al que Freud se refirió en 1905 es diferente del gozo, del placer sexual, que implica una fruición plena de ciertas sensaciones. El placer de Lust en la concepción de Freud es tratado como una disposición, un deseo, o sensaciones que brotan en el cuerpo del ser humano.

Freud describió la manera en la que el bebé siente el placer-Lust en su propio cuerpo desde el inicio de la vida, al referirse a los sentidos que pueden estar vinculados con una pulsión/instinto (Trieb) asociada a la naturaleza animal, o a los sentidos referentes a una ansia psíquica, espiritual. Entre esos dos sentidos, diferenciados por su esencia y no por la intensidad, ocurre una transición constante y continua durante el desarrollo de la niño, desde su nacimiento.

Para Freud, las pulsões auto-eróticas, en el sentido del Lust, están presentes desde el inicio de la vida; y el bebé vive de acuerdo con las leyes del principio del placer, caracterizado por la extremada plasticidad de las representaciones, por la movilidad de los afectos y por la posibilidad de condensar y de desplazar las cargas afectivas desde determinadas representaciones hacia otras.

Según Freud, el bebé alucina la satisfacción de sus necesidades internas. La decepción ante la ausencia de la satisfacción esperada motiva el abandono de ese intento de satisfacción por medio de alucinaciones. Para sustituir la alucinación, el aparato psíquico tiende a representar las circunstancias reales del mundo exterior, y tiende a realizar modificaciones en ese mundo. Lo que lleva el bebé a establecer el vínculo libidinal con el mundo externo es la percepción de que la alucinación no aplaca por completo la necesidad de supervivencia. El lactante aprende a distinguir entre el seno alucinado y el seno real, este el único capaz de hacer cesar su necesidad. Esta distinción sería el prototipo de todas las distinciones posteriores; y la presión de la necesidad obligaría al bebé a introducir en el funcionamiento psíquico el principio de la realidad. Por medio de este principio, se puede diferenciar lo recordado/alucinado de lo percibido, donde se origina la instauración progresiva del proceso secundario, dependiente del principio de realidad.

Posteriormente, en “Pulsiones y Destinos de la Pulsión”, Freud (1915) demostró la existencia de tres polaridades que dominan la vida psíquica desde el inicio de la vida: la del placer/desplacer, la del sujeto/mundo y la de la actividad/pasividad, siendo que las dos primeras están íntimamente relacionadas. En la formación del psiquismo, la distinción entre si mismo y el mundo externo choca contra dos procesos complementares: la introyección y la proyección. Al comienzo de la vida, el ser humano no distingue lo interno de lo externo; el ego es el lugar de la catexia pulsional que, en gran parte, pueden satisfacerse a sí mismas: es la etapa del auto-erotismo. Así, se establece la primera división entre el placer y el desplacer, coincidiendo el ego con el placer, mientras todo lo que causa desplacer es identificado como siendo el mundo exterior. Como todavía no existe la percepción del cuerpo propio, el bebé no diferencia su cuerpo del de la madre.

La necesidad de supervivencia obliga al bebé a representar, para sí mismo, no apenas lo agradable, sino también lo desagradable, es decir, los estímulos generadores de tensión que provienen del mundo exterior para el cuerpo. La introducción del principio de la realidad es decisiva para la vida posterior del individuo, estando en el origen de funciones psíquicas esenciales, como la conciencia, la atención, la memoria y el discernimiento, a partir de los cuales se formará el pensamiento. Lo que está en el exterior es lo que satisfará las necesidades de supervivencia del bebé; siendo así, las pulsiones sexuales quedan disociadas de las pulsiones de auto conservación.

Para Freud, el bebé puede tomar como objeto inicial las partes del propio cuerpo (zonas erógenas) e ignorar, durante un cierto tempo, las determinaciones de la realidad. Posteriormente, puede mantener frente a ellas una cierta independencia. O sea, crear el área de la ilusión. En particular, la fantasía, regida esencialmente por el principio del placer, conserva un vínculo especial con las pulsiones sexuales, mientras que las pulsiones del ego se encuentran asociadas a la conciencia y por lo tanto, al principio de la realidad.

Según Winnicott (1968) la capacidad humana de crear un área de ilusión es de fundamental importancia para la posibilidad posterior de “estar absorto consigo mismo”, acompañado por fantasías e ideas creativas: “el bebé creó el seno, pero no podría haberlo hecho si la madre no llegase a éle con el seno exactamente en aquel momento”. La imagen del seno creada por el bebé es importante para él en la medida en que significa la presencia del ser, la presencia del otro. En este sentido, Winnicott argumenta: “a pesar de que muchos tipos de experiencia lleven a la formación de la capacidad de quedarse solo, hay una experiencia que es básica, y sin la cual la capacidad de quedarse solo no surge; esa experiencia es la de quedarse solo, como lactante o niño pequeño, en presencia de la madre. Así, la base de la capacidad de quedarse solo es paradójica; es la capacidad de quedarse solo cuando alguien más está presente” (1958:32). Por eso, el bebé adquiere la capacidad de “estar absorto consigo mismo” en presencia de la madre, “aunque representada por un momento, por una cuna o un cochecito de bebé, o por la atmósfera general del ambiente próximo” (p.33).

Para Winnicott, self y creatividad están indisolublemente vinculados. El niño crea un campo singular de representaciones en la medida en que la madre, o la persona que lo cuida ofrece al niño una presencia viva. Una articulación continua entre el sujeto y el otro. En ese sentido, la organización de las pulsiones auto-eróticas es esencial para que el bebé pueda “interesar-se por las comunicaciones de las personas” y al mismo tempo crear el estado de ilusión, o sea, “estar absorto consigo mismo” acompañado de fantasías e ideas creativas.

En síntesis, el aislamiento autista puede ser comprendido a través del sesgo del concepto de auto-erotismo (autoerotismus), compuesto de autos y Eros. Implica distinguir entre lo que puede ser concebido como autos y lo que se refleja apenas por el selbst o autoconservación. Cuidar de sí mismo, autos, hace que el niño se represente a sí mismo con el pronombre yo (una de las fallas básicas del niño autista es la imposibilidad de referirse a sí mismo con el pronombre personal “yo”, ella tiende a usar el pronombre de la tercera persona del singular “é”, o el nombre propio). Lo mismo sucede con las capacidades humanas de “estar solo en presencia de la madre” y “estar absorto consigo mismo” que son constituidas por el bebé desde el inicio de la vida, para que él pueda cuidar de si mismo.

En Kanner, la substracción de Eros del término autismo significó la pérdida de ese referencial constitutivo del ser - la creación del área de ilusión. La Clasificación Diagnóstica: 0 a 3 es un ejemplo de la perpetuación del pensamiento reducionista en el que el aislamiento del bebé se describe como autista cuando es comparado con la sintomatología del niño autista. El aislamiento del bebé puede ser observado con una mirada diferente siempre y cuando el conocimiento médico sobre los índices precoces patológicos no sea visto dentro de una relación linear causal con el síndrome del Autismo infantil precoz.

La observación de señales de aislamiento en el bebé puede y debe ser ampliada siempre y cuando sea considerada la noción originaria del término autismo. Y estas señales de aislamiento del bebé pueden, además, ser analizadas más allá de la visión psicopatológica del término autismo, tal como está previsto en la literatura psicoanalítica, a partir del auto-erotismo, lust.
[1] Psicóloga, Psicoanalista, Prof. de Psicología Clínica de la Universidad de Brasilia. Dirección: SHIS QL 8, Conj. 3, Casa 19, Brasília-DF, 71.620-235. e-mail: mitafuri@unb.br
[2] Kanner se refirió al trabajo de Gesell, “un niño de 4 meses adopta una actitud de anticipación inclinando el rostro y moviendo los hombros, cuando es levantada o colocada sobre una mesa” (1943:33). Para Gesell esa experiencia humana es universal y la respuesta del bebé es suficientemente objetiva para merecer una amplia observación.