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La libertad y el otro
La historia de Pepito
Gilou García Reinoso
"El hombre es el ser cuya esencia
consiste en existir para el prójimo"
J. Paul Sartre: "La República del silencio"
Un niñito -Pepito, seis años, edad de giro importante para la constitución subjetiva-. Sale a pasear con su papá. Acaba de terminar con una fuerte pelea, en la que llegaron a las piñas, un juego con su amigo del alma; los tuvieron que separar porque "se mataban".
Pepito va, cabizbajo, mascullando. De pronto interroga a su padre, quiere comprender:
"¿Papá, qué es la libertad?"
Pregunta filosófica en la que se imbrica la experiencia singular, íntima, con una premisa de la condición humana; el ser y el existir.
El papá, distraído, contesta demasiado rápido: "Es hacer lo que uno quiere." Pepito escucha, lo mira, se queda pensando, y lo interpela:
"Ah! ¿pero no al otro no?"
Esta pequeña historia es muy profunda: plantea difíciles articulaciones: entre el sujeto y el otro; la pulsión y la ética; el deseo y su límite; la libertad y el derecho. En suma, plantea la diferencia como dificultad intrínseca a las relaciones de los hombres entre sí.
Hay -es el motivo explícito de la pelea que interrumpe el juego- una disputa por los bienes ("Dame la pelota, es mía"). Lucha a muerte, si nada la interrumpe, si nadie interviene mediando, si no hay ley -externa o interna- que le ponga límites, y que permita diferenciar, diferir1 (Derrida habla de la "differance" = la "diferancia") y dirimir el diferendo por la reflexión y la palabra, en una apelación a un tercero: el padre en posición de tercero.
Lo que aparece como el motivo -coyuntural- del conflicto (la pelea por los bienes) es la representación del conflicto estructural: el de la diferencia: la alteridad no se resuelve pacíficamente sin que sean necesarias varias operaciones. El otro que plantea la no unicidad (Yo ideal), la no completud, da testimonio ineludible de la división constituyente, de la diferencia (diferancia). Alteridad radical, que el psicoanálisis propone abordar: el psicoanálisis es el descubrimiento del otro, ajeno, irreductible, en uno mismo: el inconciente, esa dimensión que habla una historia no sabida. Compleja historicidad humana, resignificación, remodelación de huellas por modificación de investiduras. La historia del sujeto empieza antes de que él nazca, en las generaciones anteriores: abuelos y padres cuya historia y proyecto serán soportes narcisísticos e identificatorios que permitan la subjetivación: lugar en el otro, en el deseo del otro.
Pepito nos muestra lo que Freud describe como la génesis del pensar.
"Ah! ¿pero no al otro no?"
Malestar, suspenso e interrogación.
Elementos clave para el pensamiento y la libertad: planteo ético y filosófico que daría la base para la acción en la realidad. Introduce el no en su función de símbolo.
Bajo la forma de la negación afirma -y al hacerlo traspone, transforma,
y reinscribe- su deseo de destrucción. Negándolo -negándoselo, es decir asumiendo como propia la prohibición (fundante)- se pone a pensar, incluso interroga, llama a un tercero en apelación que representa la ley: el padre; difiere de él, y lo convoca a pensar. La destructividad, esa afectividad primordial, esa negatividad mítica2 sufre una transformación trascendente: "Aufhebung" es la palabra (Hegeliana) que Freud emplea en ese texto corto y fundamental: "La negación". "Aufhebung", en la dialéctica hegeliana -dice Jean Hyppolite en su "Comentario sobre la Verneinung"- es: simultáneamente negar, suprimir, y a la vez conservar, pero fundamentalmente "levantar", "alzar". "Aufhebung" de la represión, levantamiento de la represión; que no equivale a su aceptación, sino solo bajo este modo contradictorio de afirmación por la negación: La enunciación (inconciente) de Pepito sería: "Yo no soy el (él) que le haría al otro lo que yo deseo = matarlo"; y al negarlo indica lo que sí es: "ese otro interior, ajeno a mí (conciencia) y al que des-conozco; él es el que desea destruir al otro -exterior-, mi amigo, en el que puedo reconocerme, al que quiero preservar, para poder seguir siendo y seguir jugando".
Jugar es constituyente de la subjetividad; es la posibilidad de dirimir la diferencia que divide al sujeto y lo decentra, no la suprime, sino al contrario, es por ella que es posible no estar solo con su desgarro interior. Poder jugar, permite también tratar con ese otro interior, que desea cosas terribles con las que no sabría qué hacer, ni cómo soportarlas. Desear jugar es poner en juego aquello que permanece reprimido; y al afirmarse por la (de)negación el deseo tiene un lugar trasponiéndose: construye una escena imaginaria -otra escena- en un acto en que el otro tiene cabida, acto social por excelencia.
Freud ubica aquí la génesis de la actividad de pensar como transformación de la negatividad primordial -deseo asesino- en negación ideal. Nace el juicio de pulsiones primarias.
La función de la (de)negación es "separar lo intelectual de lo afectivo". La represión subsiste por la negación, pero hay aceptación en el intelecto de lo que es negado. El afecto destructivo primario se transforma; con este complejo procedimiento cambia sus fines, (¿se sublima?) en pensamiento, (negación ideal), (o más precisamente en juicio).
¿Por qué se interrumpe el juego de Pepito?
Para que haya juego tiene que haber ficción, y también creencia, "convención": jugar a matarse, hacer como que se matan, pero poder detenerse en el umbral de la transgresión. Recurrir a lo imaginario, crear la escena, creer en ella, pero mantener la convención -pacto social con el otro(s)- que hace del juego escenario para esa "otra escena" -la del inconciente- que es necesario diferenciar de lo real, y de la cual es necesario poder salir. Jugar, apasionarse, querer matarse, pero detenerse en el borde, poder seguir imaginando, construyendo juntos la fantasía que sostiene el juego, la ficción que nos acerca a la verdad (de la castración y la muerte) y nos da los medios para repudiarla, al mismo tiempo que la reconocemos: correr el riego de la transgresión, jugar con él, jugarse, dar lugar a la errancia del deseo, y poder seguir jugando, reconociendo al otro.
"Ah! ¿pero no al otro no?"
En francés es posible un juego de palabras: "du jeu (juego) au je3 (sujeto)".
Negar es mucho más que querer destruir, es una actitud fundamental de "simbolicidad explícita"4. El cumplimiento de la función del juicio es sólo posible por la creación del símbolo de la negación5 que permite un primer grado de independencia, en relación a la represión, y a la coerción del principio del placer y el super yo.
El borde es la separación de la afectividad primaria a lo intelectual, dice la traducción del texto freudiano. Aquí debe entenderse lo intelectual no en el sentido restringido de racional, sino en el sentido que le dimos más arriba: de la actividad del pensamiento en tanto capacidad simbólica, imbrincada con lo imaginario -trama fantasmática- y lo real (nudo borromeo).
El borde es a veces sutil, pero es trascendente y radical
Pepito lo pone en acto y en palabras. Decíamos más arriba:
- Malestar, suspenso e interrogación.
Mi pensar crítico interpela al padre y lo convoca a formular con él la ley de
la prohibición fundante que él debe representar. El "¿no?" interrogativo plantea la demanda de compartir una convención que permita el juego, más
allá del jugar mismo, el juego de la vida: que marque las diferencias, instituya los lugares y permita trazar los caminos de una libertad de desear cuyo límite está en la libertad del otro. Trama de relaciones complejas y a menudo contradictorias. Abrirá la vía a la amistad y a afectos no derivables a la destrucción del otro, sino a un lazo social, de reconocimiento mutuo y de múltiples creatividades, notoriamente en el arte y el amor.
Suspensión -"¡Ah!" exclama Pepito- del contenido destructivo, que deja un margen al pensar, reconociéndolo, bajo la forma de la negación, el deseo inconciente.
Poder decir no es la puerta de la libertad a condición de poder hacer una trasposición de la destructividad en reconocimiento del otro: "otro" de sí mismo, y otro diferenciado de mí. La base de la autonomía es una nueva relación de uno mismo con el propio inconciente que permite inscribir la pulsión en una trama simbólica, transformando lo que era enfrentamiento mortal en libertad de pensar y jugar. Interrogar, desear saber, saber del deseo, reconocer el otro en el que uno se puede reconoce, es el recorrido de la libertad y sus condiciones. La libertad no es un don, es un proyecto, un trabajo y origina un derecho, plantea condiciones para existir como sujeto de su propia vida. Es una actitud de lucha con el horizonte de ideales -con minúsculas-, base de principios que legislados, hagan posible la convivencia, el respeto y el enriquecimiento mutuo.
Reconocer la ley y poder transformarla según principios éticos: unidad e igualdad de derechos pero también diferencia y heterogeneidad. Libertad, aspiración necesaria, sostén de la condición humana, puesta en cuestión (¡y ojalá en jaque!) de todos los totalitarismos, individuales o colectivos. Proyecto político6 también, como creación de un tipo de ser sujeto que se pueda dar, aun parcialmente las leyes de su existencia.
Trabajo psíquico permanente contra las ataduras, las de la propia subjetividad presa de las contradicciones e incompletudes de su estructura dividida, y en el siempre difícil reconocimiento del otro, nunca asegurado, siempre perdible. La libertad tiene también su precio de angustia. Condición humana sujeta a la pérdida y la inseguridad, por ello mismo empujada por la angustia a nuevos caminos, expuestos siempre a los riesgos de la dependencia como de la autonomía.
Cambiar el "destino", subvertir el sometimiento en protagonismo histórico y cierta autonomía subjetiva, es decir tomando en cuenta -como Pepito- al "otro" como indispensable para sus posibilidades de ser sujeto para él y por él.
Respetando las diferencias, poniéndolas en juego, haciéndolas "jugar", sin idealizar ni el individuo ni la comunión.
Superar la competencia en la asociación diferenciada, recuperar un lazo social y una capacidad solidaria en un sentido fuerte, no tanto como valor moral sino como condición de ser sujeto, sin fomentar la ilusión de unidad cuyo riesgo es transformar la trama social en un todo compacto, fragmentado e indeferenciado a la vez, expuesto al totalitarismo.
Conocerse, reconocer al otro, reconocerse en el otro, conocer el mundo es el camino para salir de la creencia, tan necesaria en su dimensión imaginaria, esa dimensión de lo ficcional que posibilita la creatividad7; y tan riesgosa cuando, en la fascinación, nos expone a la dependencia y hasta la
servidumbre voluntaria, a la sugestión y la sujetación por el (o lo) que suscite la creencia, ofreciendo la ilusión de plenitud que nuestra incompletud anhela. Pues el conocimiento mismo, el saber, puede servir para ocultar la verdad (de la castración y la muerte), para des-conocer al otro.
En la modernidad, la ciencia, fetichizada, ubicada en el lugar de la religión -religiosamente-. En el lugar del ideal del yo, cumple la función imaginaria de un saber total, aunque lo plantea como aún no alcanzado pero sí alcanzable -el saber absoluto de Hegel-. Este es el mito del progreso, mito de la razón todo poderosa, o sea la razón misma hecha mito. Es el mito positivista de la ciencia como lenguaje universal, "ese nuevo evangelio de los náufragos de la ciencia"8.
Pero no se vaya a creer que la tecnociencia que nos gobierna hoy -de la mano de las finanzas- bajo el rubro de la informática -los mass-media- y la genética, sea menos fetiche: ha triunfado "globalmente", traspasado las fronteras, permite la comunicación a escala mundial -y por qué no, planetaria-, es el nuevo universalismo tecnológico, nuevo mito totalizante. Pero es el poder de la hegemonía de poder económico que lo sustenta, queda enmascarado bajo la ilusión totalizante. Esta globalidad produce creciente fragmentación entre sujetos, y su aislamiento bajo la máscara de una comunicación ampliada e instantánea- instrumentalmente eficaz y valorable en tanto tal- tan ampliada que los sujetos son abstractos, virtuales, puro signo sin cuerpo. Las palabras substituyen el hablar: son juegos electrónicos de signos, y el intercambio globalizado de signos crea la ilusión renovada de Verdad con mayúsculas- y comunidad9 y comunión. ¿Será la nueva religión? ¿El nuevo "opio de los pueblos"?. Razón instrumental en rigor, y no ya razón a secas, que fue, en su tiempo histórico -el modernismo- instrumento de conocimiento para salir del oscurantismo y la creencia ciega, y propició el pensamiento en su función crítica, incluso para una crítica de la Razón, como creencia. Y por más que se argumente que la Razón ha sido derrotada y que nuestra era es el triunfo de la "diferencia", ésta es más a menudo fragmentación de todo lazo social en el aislamiento de los sujetos -oscilantes entre desamparo e impotencia cuando son excluidos, u omnipotencia cuando son parte de la hegemonía globalizadora, o bien cuando se dejan fascinar por ella.
La pequeña historia de Pepito ubica bien el nudo de la cuestión:
¿Cómo vivir? ... ¿Contra el otro? O ¿Con el otro?
Ese otro me será enemigo, ajeno, o bien amigo y necesario según la trama material en la que se inscribe y despliega la relación, y la ley que rija nuestros intercambios. Si lo que la sostiene es un sistema que promueve sólo el valor del éxito, de la ganancia, lo que está planteando es simplemente "El o Yo"; la ley del más fuerte, dada como natural. Y me impulsará a aniquilarlo o a reducirlo a servidumbre "para" escapar al "destino" fatal de sufrir yo esa misma suerte trágica, si no me adelanto a ello. Esta ley es más bien ausencia de ley, de Derecho, entendiendo por ley y por derecho la obligación de regular los intercambios, de mediar entre los derechos de unos y otros. Si no es así, hay que llamar el orden vigente no como ordenamiento de derecho, sino como orden "de facto".
Claro está que esto sucede si el sistema -y es el caso del capitalismo "salvaje" que nos rige- tiene como base un enfrentamiento estructural que hace que lo que es "derecho" de unos es inconciliable -estructuralmente- con
el "derecho" de los otros. La llamada "libertad" de mercado no es, para muchos, otra cosa que la "libertad" de morirse de hambre y desamparo, en la exclusión y la marginalidad.
No debe confundirse la negación con la desmentida, aunque tienen la misma fuente, la derivación es muy distinta: mientras la negación (Verneinung), el poder decir no, está en la génesis del pensamiento y la creatividad. En búsqueda permanente de una Verdad inalcanzable permite en el camino encontrar verdades. En cambio la desmentida (Verleugnung) deriva a menudo en la creación de fetiches (la informática es apta para ello) y en esta función detiene el pensar y dispone a adorar, a venerar. Lo que es des-reconocimiento de lo real, no sólo de lo real de la muerte, sino de lo real de las condiciones de vida.
El resultado es dilemático y no favorece la problematización, la interrogación, el pensamiento crítico. Esto permitiría un uso instrumental de la tecnología, para una transformación de las condiciones aberrantes de creciente desigualdad, en vez de ser tomada como un bien supremo que substituye todos los sinsabores de los núcleos humanos, pero que corre el riesgo de privarlos de sus sabores.
En cuanto a la institución de las sociedades es importante al decir no recuperar la capacidad "instituyente" de transformar destinos en historia.
Podemos quizá escapar también entonces a tantas prohibiciones no fundantes, que nos acosan desde los espejismos de la publicidad o, simplemente de los emblemas consumidos en los medios, uniformándonos disciplinariamente. Y tal vez recordemos y recuperemos algo de nuestra singularidad -muy diferente a un individualismo- para reconocer la variedad
múltiple de otras singularidades enriquecedoras de la nuestra en un juego de diferencias, muy lejano a esa multiplicación infinita de la diferencia cuyo horizonte es como dice Castoriadis: el "avance de la insignificancia en una in-diferencia generalizada".
La cuestión de la libertad tiene que ser planteada en relación a la condición humana: su ser mortal. La muerte -amo absoluto- o la locura, es el límite a la libertad del hombre. Carne vulnerable, torturable, expuesto al desamparo, la soledad y la miseria más absoluta, ¿cómo soportar su condición de hombre "libre"?
Un poder social desmesurado, parece dar la razón a una conciencia satisfecha de sí, el yo fuerte, el "big brother" a quien le basta su poderío para aplastar al otro, no sólo sin piedad, sino pretendiendo aniquilar en su alteridad. Paradójicamente, el sujeto humano en la fuerza tremenda de su fragilidad es capaz de resistir si preserva su secreto más íntimo: la posibilidad de decir no en las múltiples maneras que al resistir otorga: no dejar de pensar, disponer de su palabra, no dejar de respetar y defender ese otro expuesto, como uno mismo, a ser aniquilado, ante todo por el silencio. Responsabilizarse de su vida. Responsabilidad y libertad son indivisibles.
1 -
2 - El asesinato del padre primitivo en el mito freudiano del nacimiento de la cultura y la hominización, al conjugarse con la prohibición, da surgimiento al deseo articulado a la ley.
3 - O mejor: Yo en su capacidad de simbolizar, en esa imbrincación de registros cuya metáfora lacaniana es el nudo borromeo: tres registros (Real - Simbólico - Imaginario) diferenciables -pero no separales sin costos catastróficos para la subjetividad-, cuya articulación posibilita la actividad simbólica (imaginar, crear, pensar) y la acción transformadora en la realidad. Dice S. Leclaire: "No se trata de reverenciar la función simbólica sino de ponerla a trabajar".
4 - Jean Hyppolite (opus citado) dice que el texto alemán de Freud usa dos palabras diferentes que marcan una disimetría entre afirmación = amor unificante y destructividad, y propone dar el nombre filosófico de "negación de la negación" a la afirmación intelectual, solo intelectual separada (en acto) del afecto primario- es génesis del juicio, y del pensamiento, cuya historicidad mítica es fundamental.
5 - Freud, La negación.
6 - C. Castoriadis: "El avance de la insignificancia".
7 - Ver Octave Manoni: "Claves para lo imaginario" y Diego García Reinoso: "Juego, creación, ilusión", Revista Argentina de Psicología N° 28, 1981.
8 - Serege Leclaire. Opus citado.
9 - Su parte de juego -de jugar- podría operar como creador y creativo para la subjetividad, recuperando la función de lo ficcional como suspenso. Pero para ello necesitaría de la negación: poder decir no a su oferta de plenitud engañosa
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